No debemos permitir que el pueblo Rohingya pase al fondo de la agenda internacional

El 2 de diciembre de 2022, un grupo de aproximadamente 180 refugiados Rohingyas abordaron un barco en Cox’s Bazar, Bangladesh.  Su destino previsto era Malasia, donde muchos esperaban reunirse con familiares y seres queridos, o construir una vida mejor que la que tienen en los campamentos superpoblados, insalubres y cada vez más peligrosos de Bangladesh.

Ellos nunca lo lograron

En una declaración emitida el 25 de diciembre, las Naciones Unidas expresaron su preocupación de que el barco se hubiera hundido después de que desapareció en el mar de Andamán.  Los familiares de quienes estaban a bordo dijeron a The Guardian que tenían pocas esperanzas de que sus familiares todavía estuvieran vivos, y si se confirma, el número de refugiados Rohingya que han muerto en travesías marítimas a Malasia en 2022 se acercaría a 400.

Una crisis que lleva décadas gestándose

La crisis de refugiados Rohingya ha estado en curso durante más de cinco años. Se intensifico en agosto de 2017 cuando el ejército de Myanmar/Birmania lanzó ataques contra aldeas y civiles Rohingya, lo que provocó que más de 700,000 personas huyeran a Bangladesh mientras miles de personas fueron asesinadas y cientos de aldeas fueron arrasadas.

También fue una crisis precedida por décadas de discriminación y violencia selectiva a manos del régimen de Myanmar.

A la comunidad étnica predominantemente musulmana que reside en el estado de Rakhine, en la costa occidental de Myanmar, se le ha negado la ciudadanía y otros derechos desde 1982, y el ejército de Myanmar, conocido como Tatmadaw, ya había llevado a cabo múltiples olas de violencia atroz contra la comunidad aun antes de 2017. Sin embargo,  con una intervención internacional limitada, se  permitió que esto se convirtiera en lo que ahora ha sido considerado como un genocidio por la  Misión Internacional Independiente de Investigación de la ONU y la Corte Internacional de Justicia (CIJ), entre muchos otros.

Los ataques han persistido desde entonces, particularmente después del golpe de Estado de febrero de 2021, en el que el Tatmadaw eliminó cualquier fachada de gobierno democrático y puso a la líder electa del país, Aung San Suu Kyi, y a muchos otros líderes civiles en prisión o bajo arresto domiciliario.

En el fondo de la agenda

En estas circunstancias, para los refugiados Rohingya es claramente inseguro regresar a su país.  Mientras tanto, aquellos que nunca se fueron viven bajo la amenaza constante de más violencia, mientras que se les siguen negando derechos como el de ciudadanía, el derecho a votar, a moverse libremente o a acceder a servicios básicos.

Y, sin embargo, la comunidad internacional sigue ignorando en gran medida la difícil situación de los Rohingya. La violencia de 2017 llegó a los titulares internacionales, y ha tenido cierta atención en el país en los casi dos años posteriores al golpe, sin embargo, en medio de una de las mayores crisis mundiales de refugiados en años, la atención de los medios se ha centrado en los recientes acontecimientos en países como Afganistán y Ucrania, mientras que situaciones como la desesperada situación de los Rohingya que lleva años que comenzó han sido casi olvidadas. 

Todas estas situaciones merecen nuestra atención y las diferentes facetas de la crisis mundial de refugiados deben considerarse conjuntamente. Pero es vital que las crisis no resueltas como la de los Rohingya no sean empujadas al fondo de la agenda solo porque han estado sucediendo durante más tiempo.

Sin esto, cientos de miles de Rohingya continuarán languideciendo en campamentos como los de Cox’s Bazar, enfrentándose a una difícil decisión entre regresar a un hogar donde probablemente enfrentarán amenazas, violencia e incluso asesinatos, permanecer en un lugar donde no pueden construir vidas sostenibles para sí mismos o arriesgar sus vidas al emprender viajes con un grado alto de incertidumbre a otros países como Malasia.  

Se necesita una respuesta holística

Lo anterior no es una opción en absoluto. Lo que se necesita es una respuesta holística; una que proporcione asistencia humanitaria que es muy necesaria a los refugiados Rohingya en Bangladesh y otros países, pero lo más importante es, que aborde los problemas desde su origen al responsabilizar a quienes han causado que tantos huyan en primer lugar.

La culpa de esta crisis recae directamente en el ejército de Myanmar. Mientras mantengan el poder en el país, no solo ningún Rohingya podrá regresar a casa, sino que muchos otros, incluidos miembros de los grupos étnicos cristianos de mayoría Kachin y Chin que también han enfrentado ataques generalizados, continuarán huyendo.

Algunos miembros de la comunidad internacional han presentado múltiples rondas de sanciones contra el ejército y sus empresas, y el 21 de diciembre el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó una resolución en la que pedía el fin de la violencia en el país y la liberación de los presos políticos.

Estos son buenos primeros pasos, pero se necesita más. Los estados deben coordinar sus sanciones para que los militares sientan todo su efecto, y la implementación de un embargo integral de armas globales sigue siendo esencial.

Por el Oficial de Asuntos Públicos de CSW, Ellis Heasley

Featured Image: Tasnim News Agency, CC BY 4.0 https://creativecommons.org/licenses/by/4.0, via Wikimedia Commons


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